Viernes 03 de Junio. Polideportivo, Viña del Mar, Chile.

Sin ser un fan acérrimo de Slayer, como los miles que llenaron el Polideportivo de Viña del Mar, para mí el concierto que realizó la banda en la ciudad fue un momento histórico. Baso en esta afirmación en lo siguiente: Viña es una ciudad fome, con una casi nula actividad cultural, por lo que tener una banda de esta envergadura en la ciudad ya es un lujo.

A excepción del Festival de Viña del Mar, y a los conciertos que de vez en cuando realiza el Casino, los jóvenes de la ciudad jardín no tienen la posibilidad de ir a ver artistas de la talla de Slayer si no es en Santiago. Me acuerdo de Steve Vai en el mismo lugar hace 4 años atrás, o que el ’96 vino Jimmy Page y Robert Plant al estadio Sausalito, en un concierto que es ya una leyenda, pero de ahí en más no me acuerdo de otro.

Por eso fue una total sorpresa cuando se anunció que esta banda insigne del thrash mundial, ganadora de Grammys, que ha vendido millones de discos en todo el mundo, vendría a Viña. Pero esto no significa que a partir de ahora comenzarán a realizarse más espectáculos de este nivel en la región: fue el propio Tom Araya, vocalista de Slayer oriundo de Viña del Mar, quien quizo tocar en su ciudad natal cumpliendo un viejo sueño.

«¿Están listos para sacarse la cresta?», preguntó Tom cuando ya llevaba un par de canciones tocando y cuando ya estaban todos haciéndolo. A Tom se le notaba feliz. Entre canción y canción hacía una pausa y se quedaba mirando al público, quien le gritaba «chileno» y lo vitoreaba, como dándole una bienvenida que tuvo que esperar décadas.

«¡Viva Chile mierda!», gritaba en otra de sus canciones y parecía que el Polideportivo se venía abajo, con tantos decíbeles de por medio que uno de sus parlantes colapsó en un momento disminuyendo el sonido notoriamente, cosa que no impidió que todos siguieran gritando y festejando con estos reyes del thrash metal.

Líneas aparte para Dave Lombardo, baterista de Slayer, esqueleto y alma de la banda, llevando el ritmo endemoniadamente y dando una clase magistral de como pegarle a una batería.

Poco más de hora y media y la banda deja de tocar, despojándose de sus instrumentos y agradeciendo a los asistentes. Una ovación despide a la banda y el Hijo Ilustre de Viña, quien solamente recibió un homenaje de parte de la Oficina de la Juventud del Municipio, en una ceremonia donde se seleccionó con pinzas a los medios presentes.

Una gran noche que esperamos se pueda repetir para disfrutar de un Tomás Araya eufórico, dispuesto a estremecer al más puro estilo de Slayer su ciudad natal.


Registro fotográfico por Valeria Ulloa. Agracemos a El Martutino por la colaboración.