Sábado 04 de Junio. Club de Jazz Boris, Buenos Aires, Argentina.

Recuerdo cuando hace algún tiempo tuve que describir el estilo de Nano Stern a una francesa, lo propuse como un compositor de folklore con una ejecución muy técnica, líricas trabajadas, emocionales y una interpretación energética. Bien o mal, después de que la muchacha en cuestión escuchó finalmente a Nano, fue categórica: “esto más que folklore, es rock acústico”. Tenía toda la razón.

Esto es lo que hace el músico criollo que desborda energía cuando se sube al escenario, dejando esa imagen de sereno folklorista por una de un rockero, que desde que toma la guitarra, se transforma y se deja llevar por los acordes. Con este ritual, Nano tocó por primera vez en Argentina, en el Club de Jazz Boris, ante una muy reducida audiencia (no superaban las 20 personas). El cantautor salió acompañado de su guitarra acústica para mostrar, principalmente, parte de su último trabajo, Las Torres De Sal.

Con tres temas de esta producción dio inicio a la velada: Cuatro Vientos, Décimas A La Viola –dedicada a nuestra Violeta- y Felicidad. Entre tema y tema, Nano intervenía con alguna conversación en donde comentaba la canción que iba a tocar o alguna anécdota personal jocosa. Una interacción bien íntima entre artista-público que, por lo menos los que estábamos ahí, agradecimos.

Nano estaba particularmente emocionado, conversador y mientras tocaba… dinámico. Mágicos arpegios emergían desde las cuerdas, percusiones con los pies y sobre la guitarra. Si hasta el clásico movimiento de headbangin’ hacía mientras sacaba unos increíbles solos y riff en la guitarra de palo, confirmando con esto, la hipótesis de Adèle (la francesa). Con este ritmo, para finalizar, continuaron Lágrimas De Oro Y Plata, Cantores Que Reflexionan; de Violeta Parra, en versión con violín y Necesito Una Canción. Se vino el bis y con ello, unos tímidos aplausos para que el músico volviera a salir a escena.

La visita comenzaba a concluir con Cementerio y una pegada de antología: el tradicional huayno peruano Ojos Azules y la continuación que compuso: El Vino Y El Destino. Estas dos, marcaron el momento más activo de la noche, con mayor interacción del público que cantó y aplaudió y un Nano Stern realmente disfrutando con todo la música, donde se dio el lujo de gritar y saltar. Hizo lo que quiso y lo disfrutamos. De esta tenaz forma ponía fin a su visita express a Buenos Aires, con un show impecable, vigoroso e íntimo.

El lugar estuvo adecuado, el sonido cumplió. Al final de toda esta entrega, a uno no le queda más que aplaudir de pie como máxima del agradecimiento. El ‘patiperro Nano’ se dio el tiempo de bajar y saludarnos uno por uno. Esa noche, fue una especie de ensayo con amigos, fue capaz de transmitir esa cercanía y el encanto que le produce ser músico. El resto son sólo palabras.

Registro fotográfico por Luis Guzmán.