Bendita Internet. Y benditas redes sociales. El libre acceso ciudadano a la información, a todo nivel, implicó un cambio de esquemas tan potente que aún no somos concientes de lo relevante del tiempo que estamos viviendo. Ni siquiera hay que ser tan ambicioso como para improvisar un análisis profundo de la relación «medios de comunicación» – «público»; centrémonos en la exposición que han ganado nuestros músicos y los canales que se han generado para by-passear la falta de espacio en la media tradicional. Decir esto desde la tribuna de Twitsessions tiene todo de simbólico.

Por otra parte, las redes sociales han reavivado eternos vicios de los chilenos. Nos gusta aparentar, por ejemplo. Es un mal nacional, el preocuparse del «que dirán», el hablar por agradar a quien no conocemos, y todo eso. Y en Twitter lo vemos día a día. Todos opinamos, sin siquiera tener algo importante que decir – ni el conocimiento para ello. Lo hacemos «porque sí».

Me explico. Todavía recuerdo con gracia el auténtico fenómeno de Elvis Costello en Chile, Trending Topic en Santiago por un día completo, y que vio su concierto suspendido cuando llevaba una cantidad ofensivamente pobre de tickets vendidos. Pero por 24 horas, miles de chilenos se declararon felices de su arribo, y dieron a entender que el tipo podía llenar un Estadio Nacional. Ese es un ejemplo nomás, que se repite día a día, y acusa al chileno careta, farsante, y un poquillo mentiroso. Porque también es fácil twittear «no sé por qué no estoy en el show de XXXXX», sin necesidad de aquello. Pero es una tentación irresistible.

¿Qué tiene que ver esto con la música chilena? Más de lo que imaginamos. Con casos así, recordamos cuánto nos importa parecer cool. Aparentar por aparentar. Es una realidad, con la cual muchos han aprendido sanamente a convivir.

Ahora, pregunto: ¿por qué no intentamos ser onderos siguiendo a Kaskivano, Evelyn Cornejo, Angelo Pierattini o La Rata Bluesera? El hype alcanzó a Chinoy y Nano Stern, y no tuvo nada de malo. Si eso permite acercar a curiosos a su música, fantástico. Así fue, y me incluyo en el lote que llegó a Chinoy por todas las veces que leyó su nombre en blogs y muros de Facebook durante un año entero. Este lunes recién pasado, este tipo de comportamiento dejó su huella por largas horas, gracias al hashtag #NOMEPIERDOVIOLETA. Fantastica idea, de cómo aprovechar ese impulso incontenible de todos nosotros de «no quedarnos afuera», y dar vuelta la situación, logrando auténtico involucramiento de varios.

Aplaudo la iniciativa de pie. Violeta Parra es un símbolo de cómo algo propio fue tomado, y expuesto de manera en que cayó bien, y terminó atrayendo a fanáticos, otras históricas víctimas de la poca exposición de su obra, muchos despistados y, no los dejemos de lado, poseros, que se subieron al tren de lo ondero. Qué más quisiéramos varios que las salas se llenaran por meses con la película de Violeta (que se estrena el 11 de agosto), y que el regalo favorito para esta navidad sea algún compilado con lo mejor de su obra. Ese debe ser, también, el sueño de Andrés Wood, y todos aquellos que se involucraron en el proyecto en cualquiera de sus fases.

Lo triste es que no creo que así vaya a ser. Porque desconfío de la buena fé de varios que se subieron al carro sólo por un rato, y que ni siquiera tienen interés en acercarse a un cine para ver la biopic de esta especie de heroína moderna. Quizás me estoy tomando el asunto muy en serio, y me olvido de cuánto disfrutarán los que sí se entusiasmaron al punto de tomar la obra de Violeta Parra y descubrir buena parte de la historia de nuestra música en un par de grabaciones.

Creo que lo que intento decir con todo esto es que dejemos de tomar lo que creemos que viene cool de afuera y hagamos cool lo nuestro. Y por último, que si vamos a seguir con nuestro comportamiento histórico de sumarnos-a-la-corriente-sin-saber-qué-corriente-es, seamos conscientes todos de que esto siempre va a pasar, y aprovechémoslo para exponer la buena música creada en esta tierra. Démosle glamour, atraigamos a los que llegan sólo donde ven luces. Aunque sea con trampas, siempre es mejor sumar que restar si hablamos del cuidado del arte local. Bendita Internet.